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LA VERDAD Y EL INFINITO

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CADA DÍA SU AFÁN                                                             Diario de León 23.11.2013

 

LA VERDAD Y EL INFINITO

 

“El hombre se hace verdad si en esta vida puede comprender a Dios; si no, es la mayor calamidad”. Esas palabras bien pudieran ser las de un místico cristiano. En realidad, pertenecen a la religiosidad hindú. De hecho, ésa es una frase de los Upanishadas. Fue comentada por el poeta bengalí Rabindranaz Tagore.

Tagore nació en Calcuta el 7 de mayo de 1861 y murió allí el 7 de agosto de 1941. Después de sus primeros dramas, como “El rey la reina”, se dio a conocer en occidente por la traducción al inglés de su libro de poemas “Jitánjali” (1913). En ese mismo año le fue concedido el Premio Nobel de literatura. Hace ahora un siglo.

En nuestro recuerdo permanece la profunda impresión juvenil que nos causaba el pequeño Amal, protagonista de aquel poema en prosa que era “El cartero del rey”. Los versos de Tagore, traducidos por Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí, marcaron nuestra sensibilidad de una forma difícil de explicar a las nuevas generaciones.

Es cierto que, por entonces, nos deteníamos con gusto en su obra poética. Sólo más tarde llegaríamos a valorar su pensamiento filosófico. Y a comprender que la frase que encabeza esta memoria de su figura y de su obra, resumía su reflexión teológica. De la mano de su tradición religiosa, había llegado él a preguntarse qué puede significar alcanzar y comprender a Dios.

Para Rabindranaz Tagore era evidente que el infinito no podía ser manejado con ligereza.  “El infinito no es como uno entre muchos objetos que pueden clasificarse definidamente y conservarse entre nuestras posesiones, para ser contemplado como un aliado que nos favorece en nuestra política, nuestra guerra, nuestras finanzas o nuestras competencias sociales”.

Jesús de Nazaret había dicho: “No acumuléis tesoros en la tierra”. Para un hindú como para un cristiano, el deseo de Dios no puede confundirse con la búsqueda de las satisfacciones inmediatas ni, mucho menos, con el ansia de acumular bienes y riquezas de este mundo. Según Tagore, “cuando el alma busca a Dios, busca una huida final de esta incesante acumulación que nunca llega a su fin”.

Así pues, buscar a Dios revela nuestra más profunda verdad. En el fondo de nuestro corazón hierve el ansia de lo infinito. “Esto pone en evidencia que es verdaderamente el infinito lo que buscamos en nuestros placeres. La tragedia de la vida humana consiste en nuestros vanos intentos por estirar los límites de las cosas que nunca pueden hacerse ilimitadas, alcanzar el infinito añadiendo absurdamente unos escalones en la escalera de lo finito”.

La arrogancia y la violencia marcaron la primera mitad del siglo XX. El orgullo y la avaricia nos han embriagado y drogado durante la segunda mitad del siglo. Solo la crisis económica nos ha devuelto la conciencia de nuestra necedad y de nuestra mentira.

¡Qué actuales se nos hacen estas lecciones de un maestro y un genio de la belleza, que fue premiado hace un siglo para disfrute de los espíritus!

 

José-Román Flecha Andrés

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